Comerse el mundo

Foto extraída de Google

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Hoy es uno de esos días en los que te levantas, abres la persiana, respiras hondo dejando que los tímidos rayos de sol que atraviesan el cristal de la ventana te inunden los sentidos, como en un intento de llenarte de energía positiva, y piensas: “voy a comerme el mundo”. Pero no has empezado a bajar las escaleras y ya casi te has atragantado con el primer bocado de realidad. Rutina. Condenada, tediosa y pesada rutina. Todos los días lo mismo. Los mismos movimientos repetidos hasta la saciedad, convirtiéndote en un autómata que reincide en procesos y costumbres de forma mecánica. Llegas a la cocina con los pies arrastrando, y te preparas un café para pasar mejor el trago. Echas el azúcar con desgana, y dejas la mirada perdida en el hipnótico movimiento que produce la cucharilla en el vaso dando vueltas sin parar. Y vuelves a la realidad cuando con el primer sorbo te achicharras la lengua. ¡Dita sea! La tostada de mantequilla (que no margarina y que viva el colesterol) no te sabe a nada pues te has quedado sin papilas gustativas.

 

Con el estómago lleno y el alma vacía, piensas que para qué te vas a comer el mundo, si al mediodía tienes macarrones y te gustan más.

 

Nefer comiendo sin ganas.

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