Mi libro: Capítulo 1

Bueno, pues aquí está el primer capítulo de eso que he dado en llamar “mi libro” (me suena un poco pretencioso llamarlo así cuando de momento no es ni proyecto de novela corta, la verdad). Tenía pensado hacer un capítulo por semana, a ver si soy capaz de poner el segundo la semana que viene. Mientras tanto, podéis leer el prólogo aquí.

Capítulo 1

La falda le apretaba un poco, y si su padre la hubiera visto salir así, posiblemente le habría recriminado que le quedaba demasiado corta. Pero afortunadamente para ella, esa mañana había salido más temprano para trabajar, así que tenía vía libre para salir sin tener que soportar recriminaciones varias. Se ajustó la camisa, echó una última mirada rápida al espejo para comprobar que todo estaba en su sitio, recogió su bolso y salió a toda prisa de la habitación. Su madre estaba en la cocina preparando un café con tostadas cuando oyó a su hija salir.

– Silvi cariño, vendrás a comer hoy?

-No mamá – le gritó ya desde la puerta. – Llegaré a media tarde, te quiero! – Y un portazo dio paso al silencio. Marisa, la madre, volvió a su café moviendo la cabeza como diciendo, “ay señor, esta niña mía!”.

El día pintaba un tanto desapacible, “quizás hubiera sido mejor idea ponerme pantalones”, pensó Silvana echando una mirada rogativa al cielo en cuanto pisó la calle. Con paso ligero llegó hasta la parada del autobús que estaba a dos manzanas de su casa. Allí ya la esperaba su amiga Graciela, siempre con sus cascos puestos y el chicle de menta en la boca.

– Llegas tarde – le espetó a modo de saludo – Ya ha pasado el bus, tendremos que esperar otros quince minutos por lo menos.

Silvana le sonrió a modo de disculpa. Graciela era la mejor amiga de Silvana desde la guardería. Desde que tenían cuatro años siempre habían estado juntas, hasta las paperas las pasaron a la vez. Se lo contaban todo, nadie las conocía mejor como la una a la otra. Solo con mirarse, podían adivinar qué estaban pensando.

-Vamos dando un paseo-  propuso distraídamente Silvana.

– ¿Estás loca? ¡Con el día que hace! Seguro que se nos pone a llover y no me apetece pasar el día en la facultad empapada.

Silvana se resignó y esperó junto a su amiga mientras charlaban otros diez minutos a que pasara el siguiente autobús, como no, lleno de gente.

Ya en la facultad, tenían por delante un largo día de clases y prácticas. Silvana siempre había llevado en la sangre lo de ser pintora. Desde muy pequeña le robaba los lápices a su hermana y siempre estaba dibujando en cualquier trozo de papel que caía en sus manos. En las hojas del periódico que con mucho interés leía su padre cada día antes de la cena, cuando tenía un momento de relax después de un largo día de trabajo en la comandancia, donde el cabo Pedro Aguado pasaba el día entre papeles de denuncias, partes y declaraciones. En la lista de la compra que su madre, Marisa Gutiérrez, elaboraba cada día con mimo para que no le faltara nada a su familia. Que a Pedro le gustaban las galletitas saladas y quedaban pocas, Marisa las apuntaba en su lista diaria. Que a Marisa, su hija mayor le faltaba la leche sin lactosa, ya que era intolerante a ella, lo apuntaba en su listita, dos litros para la semana. Que a Silvana le hacían falta compresas porque estaba en esos días del mes tan molestos, apuntado… y como no, el chocolate que era la pequeña debilidad de Marisa, y que nunca faltaba después de cada comida, como el único capricho que se permitía como recompensa por todo el trabajo que de forma abnegada llevaba a cabo cada día.

Silvana siempre llevaba en su bolso un juego de lápices y una libreta desde aquella vez que recibió como regalo de cumpleaños su primer bloc de dibujo y unas minas con las que su padre esperaba que dejara de pintorrejear por cada rincón. El mejor regalo que pudieron hacerle, ya jamás se separó de su bloc, y aunque ya hacía años que había agotado cada una de las páginas que contenía con dibujos, anotaciones, bocetos, tachones, siempre la llevaba consigo junto a la nueva que cada cierto tiempo tenía que comprar, tal era su impulso dibujístico. Silvana nunca dejaba de dibujar. Era su escape, su vida, lo único que la hacía sentirse realmente bien, aquello que la liberaba de sus miedos, dando rienda suelta a su imaginación. Tenía talento. Estaba convencida de que algún día llegaría a ser una pintora reconocida y sus cuadros estarían expuestos en las mejores galerías del mundo.

Después de estudiar Historia del Arte se matriculó en Bellas Artes. Tenía la idea de que para dibujar tenía que aprender primero la historia de los grandes pintores, conocer sus técnicas, de ahí que se decantara en primer lugar por hacerse historiadora. Su madre, como todas las madres hubiera preferido que su hija que tenía una inteligencia sobrada para los números, hubiera estudiado abogacía o empresariales o alguna de esas carreras con más futuro, y se hubiera preparado unas oposiciones para trabajar en algún banco o en la administración, “la historia del arte es una carrera con mucho pasado pero sin ningún futuro”, no dejaba de repetirle su madre, “¿no te gustaría mejor trabajar en un banco?”, “no mamá”, repetía ella incansable, “esto es lo que me gusta”. Su padre, apenas se inmutaba, tan solo un “deja a la niña que estudie lo que quiera, Marisa, ella tiene que buscarse su propio futuro”, y Marisa suspiraba resignada, poniendo los ojos en blanco, como pidiendo a dios que le diera fuerza, paciencia y un buen destino a sus hijas, a las que había criado sin pasar penurias, pero sin grandes ostentanciones. Su otra hija, Marisa, Marisita como le gustaba llamarla su padre, era dos años mayor que Silvana, mucho más dinámica, una saltimbanqui, con culillo de mal asiento, ojito derecho de su madre porque le daba más satisfacciones que Silvana. Había estudiado administración de empresas y a los veinte años se puso a trabajar en una tienda en sus horas libres que compaginaba con sus estudios, y le servía para escapar de la rutina y de paso, sacarse algunas perras con las que costearse los caprichos que no eran pocos ni baratos. Que si unas botas de Vuitton, un bolso de Bimba y Lola, que si peluquería todas las semanas… porque eso sí, a diferencia de Silvana que iba con cualquier cosa, Marisa era presumida y cuidaba mucho su imagen. Marisita y Silvana eran la noche y el día a pesar de la relación sanguínea que las unía. La mayor, una joven despierta, resuelta y dicharachera, echada palante, sin miedo al fracaso, Silvana, más tímida y retraída, se escondía del mundo en su habitación donde pasaba las horas leyendo y sobre todo, dibujando. Marisa era superficial, avispada… Silvana no tenía demasiados placeres mundanos, ella era feliz con una hoja y un lápiz de dibujo.

– Hoy tenemos prácticas de técnicas pictóricas. Creo que por fin viene el nuevo profesor adjunto, dicen que es un hueso – Silvana apenas le hizo mucho caso a su amiga que seguía parloteando mientras ella miraba absorta un libro sobre pintores flamencos que había sacado de la biblioteca.

Después de dos tediosas horas de historia de la pintura, llegaba lo que más le gustaba a Silvana, hora de prácticas, donde podría retomar el dibujo que tenía empantanado desde hacía un mes, un paisaje al que le había imprimido un tono abstracto que la traía de cabeza. En el aula entró Esteban Alvar, nuevo profesor adjunto del departamento de pintura, amigo del decano que le había insistido muy mucho en que diera las prácticas pictóricas del cuatrimestre, a lo que accedió casi de mala gana, después de mucho insistir su mujer, Jimena, “anda, te vendrá bien y seguro que te alegrarás”, le había dicho para convencerlo. Esteban era un pintor con varias exposiciones en su haber y que contaba con cierta reputación dentro del mundo del arte.

A Esteban no le gustaba dar clase, prefería esconderse tras sus pinceles y crear. Se sentía incómodo con cientos de ojos clavándole la mirada, prefería que esos ojos escrutadores se clavaran en sus cuadros.

Silvana lo vio entrar, dubitativo, y algo llamó en ella poderosamente la atención. Alto, delgado, casi atlético para la edad que tenía, más cerca de la cincuentena que de los cuarenta, con el pelo enmarañado, como el que no cuida demasiado su imagen, rostro alargado, con barba, y una nariz recta que enmarcaba una mirada triste, en ocasiones perdida, hundida en unas profundas ojeras que le daban un aspecto demacrado. Su sonrisa torcida dejaba entrever unos colmillos prominentes que le otorgaba cierto aire diabólico. Tenía un atractivo salvaje pero sereno a la vez. Al momento Silvana se sintió sobrecogida por la presencia de Esteban, que como si le hubiera leído la mente, la miró y ella avergonzada como al verse descubierta, agachó la mirada y se sonrojó.

– Buenos días, soy Esteban Alvar, profesor de prácticas de técnicas pictóricas, durante este cuatrimestre… -Silvana dejó de oírle para centrarse solo en el sonido de su voz que sonaba profunda, reflexiva y arrastraba las eses hasta una divertida aspiración que le daban un acento extraño y exótico. O eso le pareció, quedando prendada del porte de aquel hombre que sería su nuevo profesor hasta final de curso. 

Continuará…

Nefer literata

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