Mi libro: Prólogo

Hace tiempo que me ronda en la cabeza la idea de escribir un libro. Tengo la historia, tengo los personajes pero me falta la constancia para darle forma. Por dejadez, por falta de inspiración, por apatía, por flojera, porque no encuentro el momento de sentarme tranquilamente… por mil y unas razones lo voy posponiendo y dejando a un lado mientras dedico mi tiempo y mi mente a otros menesteres.

Así que he decidido, ya que no creo que vaya a publicar nunca, que voy a ir poniéndolo en el blog por capítulos, como una manera de obligarme a mí misma a escribir, sobre todo (ni qué decir tiene que lo que aquí se publique a partir de ahora tiene copyright) y de publicar y darle movimiento al blog que lo tengo muy parado si no salgo a hacer fotos. Espero, intentaré al menos, publicar un capítulo por semana…. bueno, como me conozco, cada dos semanas. Y quién sabe, quizás se pase por mi blog algún día algún editor literario, le guste lo que escribo y quiera publicarme… Vale, creo que sueño demasiado.

Bueno, aquí os dejo el prólogo de lo que sería mi libro, una historia que aún no tiene título y que espero que algún día quede terminado. Me encantaría que lo leyérais y me dijérais en los comentarios qué os parece. Porque al fin y al cabo los lectores son los que mandan. Acepto cualquier tipo de crítica, ya sea positiva o negativa, siempre desde el respeto y con una buena argumentación.

Y sobre todo, gracias por vuestro tiempo para leerme.

Prólogo.

La resaca de la noche anterior todavía hacía estragos en las sienes de Esteban, poco acostumbrado como estaba a trasnochar, mucho menos a beber. Tres copas de vino blanco y un gin tonic al final de la velada, era mucho más de lo que su cuerpo estaba dispuesto a soportar, y hoy se lo devolvía como una venganza en forma de un punzante y constante martilleo en la cabeza que no le dejaba pensar, apenas recordar las banales conversaciones que había mantenido con las decenas de personas que habían acudido a la inauguración de la exposición que durante meses había estado preparando.

La noche había resultado más que exitosa. La exposición había gustado y todo eran halagos y parabienes para el pintor. Esteban Alvar era el artista, como así lo llamaba su amigo Enrique y comisario de la exposición, “tranquilízate – le repetía una y otra vez- eres un artista, esta exposición va a gustar mucho”. Y no se equivocó. Los más de veinte años que llevaba dedicado al mundo del arte lo convertían en un sabueso y sabía donde había arte con tan solo una mirada. Enrique y Esteban se conocieron en la escuela de Bellas Artes donde ambos tenían aspiraciones elevadas de convertirse en los mejores pintores del momento que les había tocado vivir. Pero pronto Esteban empezó a destacar en su pintura con unos trazos suaves pero llenos de viveza. Enrique sabía dibujar pero no trasmitía el alma de Esteban, por lo que pronto abandonó sus aspiraciones para dedicarse al mundo artístico desde el punto de vista empresarial, convirtiéndose en mecenas de otros artistas y abriendo su propia galería de arte, Ferreti Arts, donde expuso por primera vez Esteban. Enrique tenía olfato para los negocios y buen ojo para el arte, lo que lo convirtió desde muy joven en un referente en el mundillo. Decenas de personalidades de todos los sectores de la sociedad se habían dado cita en la galería invitados por Enrique para admirar la vuelta de Esteban a los pinceles, retirado desde hacía dos años por una crisis creativa que se había dilatado demasiado en el tiempo. Había curiosidad por saber si estaría de nuevo a la altura de las expectativas y Esteban no defraudó. Las críticas en los periódicos al día siguiente hablarían de la exitosa vuelta del pintor al candelero artístico.

La puerta se abrió con un ligero chirrido que a Esteban le pareció un auténtico grito, rompiendo la densa penumbra en la que se encontraba a salvo. La luz del pasillo le taladró los ojos.

– Buenos días, dormilón. Te traigo un café bien cargado y un alivio para el dolor de cabeza que seguro tendrás. Ni te has dado cuenta cuando me he levantado – Jimena, su mujer desde hacía casi viente años, dejó la bandeja sobre la mesilla, le dio un leve beso en la frente y se dirigió a la ventana para abrir las cortinas y levantar la persiana. La claridad que inundó la habitación, terminó por apuñalar la mirada resacosa de Esteban – Enrique ha llamado temprano, te espera en la galería para tratar “temas artísticos”.

Llevándose la mano a la cara en un intento por protegerse infructuosamente del despiadado ataque lumínico, Esteban se incorporó en la cama:

-Ya lo conoces, lo místico que se pone. – Una triste sonrisa afloró en su rostro.

-No te mortifiques más, amor, has hecho lo mejor que sabes hacer, donde esté seguro estará feliz.

Esteban agachó la mirada y tomó la mano de Jimena, la voz quebrada, como dejando escapar el suspiro que se le agolpaba en el pecho, los ojos empañados.

– Ojalá no hubiera tenido que hacerlo, eso significaría que ella seguiría viva.

 

Continuará…

 

Nefer literata.

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