De retornos blogueros y relatos

Hola. He vuelto (aplausos). Desde julio no actualizaba el blog. Sí, demasiado tiempo para una bloguera empedernida como yo. Entre que no he hecho fotos, que he tenido algunos días bastante estresados con la boda de mi hermana y todo el jaleo que eso conlleva, y que tampoco andaba con la inspiración muy en alza y tenía poco que contar, el blog ha estado más que muerto durante más de un mes y medio. Por eso me extraña que ayer tuviera 57 visitas, más del doble de las que suele tener habitualmente en períodos de inactividad. En fin… gracias.

Como la fotografía brilla por su ausencia hasta el domingo que ya empezamos con las kedadas y tendré material nuevo que mostrar (espero), voy a retomar la actividad bloguera con el relato que presenté este verano al concurso de Narraciones Breves que cada año organiza el periódico Ideal. Ya me han publicado en un par de ocasiones, pero esta vez no hubo suerte. Quizás el relato que escribí este año no tenía la calidad suficiente como para ser elegido entre los montones y montones de relatos que seguro se presentan. En fin, como no tengo nada mejor que poner, aquí os lo dejo para que lo leáis. Aviso a navegantes: NO está basado en hechos reales, es simplemente una historia que se me ocurrió a partir de un pensamiento que tuve. Espero que os guste y me llenéis esto de comentarios:

“Nunca significa para siempre”

Es curioso como la mente tiene la habilidad para desechar aquello que no le interesa y recuperarlo en una milésima de segundo cuando cualquier hecho, insignificante o no,  hace que se active el click de la memoria. Es como la papelera de reciclaje de un ordenador, que elimina y restaura elementos con un solo golpe de ratón.

Hacía al menos seis o siete años, ya no lo recuerdo bien, que no sabía nada de Él, y aquella mañana de verano, el destino quiso que todos aquellos recuerdos que habían estado condenados al más despiadado de los ostracismos, resurgieran de nuevo tomando un protagonismo que ya no se merecían.

Los plácidos paseos haciendo fotos a la orilla del mar, cuando el sol agonizaba lentamente en el horizonte durante los días de verano que pasábamos en la playa; las animadas conversaciones alrededor de un refrescante mojito que engarzaban un tema con otro con absoluta naturalidad; las miradas cómplices, los roces descuidados, las largas horas frente a la pantalla del móvil intercambiando mensajes llenos de iconos intencionados… Todo aquello desapareció, como desaparece la ceniza cuando le das un soplo, el día que él decidió marcharse para no regresar. Yo sabía que así sería y que todos aquellos momentos de felicidad acabarían siendo nada más que un espejismo. Por eso mi mente los desechó de inmediato, porque era demasiado doloroso volver a recordarlos. Y sin embargo, allí estaban de nuevo, jugándome una mala pasada, volviendo a mí como una cuenta pendiente.

No podía dejar de mirarlo en la lejanía. Parecía feliz, contento, completamente desajeno a mi presencia. Un poco más allá, un chiquillo de no más de cuatro años, parecía llamarlo; Él se acercó y con una devoción paternal lo cogió y lo subió al columpio al que el pequeño parecía demandar querer subirse. El mismo pelo, la misma sonrisa pícara, los mismos gestos… ¿Su hijo tal vez? El corazón me dio un vuelco al tener ese pensamiento y mi memoria, como un resorte, se puso en marcha en una décima de segundo para rescatar de mi palacio mental el archivo que corroborara que aquella situación era ficticia: “Yo nunca me casaré ni tendré hijos, me dedicaré a viajar y hacer fotografías alrededor del mundo, es mi pasión, y tú vendrás conmigo”, solía decirme con un brillo en los ojos que hacía que te creyeras cualquier cosa que dijera por muy disparatada que pareciera. Y yo me dejaba llevar por su entusiasmo y le decía que sí, que me iría con Él donde las fotografías nos llevaran. Un rastro de melancolía se dibujó en mi sonrisa.

Los observé más detenidamente. El niño disfrutaba de lo lindo en el columpio que él empujaba con cuidado cuando oí la palabra mágica: “¡Más fuerte papá!”. “Papá”… escuchar aquella palabra me provocó una sacudida eléctrica que recorrió mi cuerpo desde la cabeza hasta los pies. Su hijo, es su hijo, ahora ya no había duda. No podía creerlo. Me negaba a creerlo. Inmediatamente busqué con la mirada a la mujer que le había otorgado aquel regalo, pero no vi a ninguna cerca que pudiera hacerme pensar que fuera la madre. Quizás no estaba allí. Mi mente entró en un intenso conflicto con el corazón. Más racional que éste, intentaba tomar el control de mis pensamientos que en ese momento se dispararon formando un barullo en medio de una lucha encarnizada de emociones. ¿Por qué? ¿Cuándo? ¿Con quién? No encontraba las respuestas. Sin embargo, no podía tomar el control de mis latidos que se habían desbocado provocándome una aceleración anormal de mi pulso. Por un momento, las lágrimas parecieron aflorar a mis ojos pero las contuve como pude. Otro pensamiento de esos que permanecían ocultos en lo más profundo de mi memoria hizo acto de presencia: “Nunca (de nuevo la palabra maldita) te olvidaré”. Ese “nunca” se clavó en mi alma como un aguijón mientras contemplaba aquella escena tan paternal y bucólica. “Nunca…”, “Nunca…”, “Nunca…” repetía mi mente como un mantra. “Nunca…”, “Nunca…”, “Nunca…”.

“Nunca”, ¡qué palabra más tramposa! ¿Cuánto tiempo es nunca? ¿Qué significa exactamente? Nunca conlleva un compromiso de tiempo que parece desvanecerse en el mismo momento en que se pronuncia. Y Él parecía haberlo menospreciado para conmigo. Me sentí dolida y traicionada. La tristeza que hasta ese momento había empezado a dominar mi corazón, dio paso a la rabia. Fue entonces cuando mi mente, al percatarse de que mi debilidad iba a ganar aquella guerra tan absurda, puso en marcha de nuevo los engranajes de mi laxa memoria y trajo a mis ojos la visión salvadora que me sacaría del pozo al que parecía abocada sin remedio: “Vente conmigo, vámonos, hagamos que valga la pena soñar. No lo pienses más. Vámonos”. Al recordar aquello, fui plenamente consciente. No fue su culpa. Fui yo. Dudé. Tuve miedo. Y rompí una promesa. Ahora me doy cuenta, y me perdono por ello. Quizás Él no lo haga nunca. O no tenga que hacerlo. Pero ha pasado ya demasiado tiempo. Ya no importa. Mi corazón pareció recobrar la calma perdida y una paz interior invadió mis emociones. Me levanté, y por un momento dudé si acercarme a saludarlo, pero decidí dejar las cosas como estaban, y sin mirar atrás, me marché de allí, dejando aquella estampa familiar archivada para siempre en algún rincón remoto de mi palacio mental, al que esperaba no tener que volver Nunca más.

 

Nefer relatando.

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