Los sueños de Nefer

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Hoy no quería despertarme. A pesar de que toda la noche la he pasado entre sueños caóticos de los que apenas tengo consciencia, entre tanta pesadilla recuerdo dos momentos sublimes. En uno, Novak Djokovic (no es mi tenista favorito, desde luego, pero tampoco me desagrada) me daba clases de tenis ante mi asombro e incredulidad. De ahí, como el que cambia de capítulo al leer un libro, me transportaba a otro lugar donde me encontraba con Benedict Cumberbatch, el actor que últimamente me arranca más de un suspiro cinéfilo y seriéfilo, y sin mediar palabra alguna, se levantaba de su posición, me atrapaba entre sus brazos y me besaba ante mi estupor y desaliento. Y yo por supuesto, me dejaba. No recuerdo el cómo ni el porqué de ambas escenas, tan solo recuerdo la sensación de júbilo, entusiasmo y felicidad que me inundaba a pesar de no dar crédito ante uno y otro. Recuerdo la fuerza de los golpes de raqueta de Djokovic y la suavidad de los labios de Benedict. Y en ambas, mi corazón latiendo a mil por hora.

He intentado aferrarme a esos sueños todo lo que he podido, hasta que Morfeo, en un acto despiadado de desconsideración hacia mi persona, me los ha arrebatado arrojándome de nuevo al mundo de los vivos bien entrada la mañana.

Quería seguir soñando, ansiaba seguir prolongando por unos minutos más ese momento de felicidad plena que, aún en sueños, he experimentado. Saber hasta dónde me llevaban. Pero ahí han terminado. Sin un receso que me permitiera retomarlos donde los dejé, o mejor aún, un bis con el que poder repetirlos de nuevo para volver a experimentar esa sensación de bienestar absoluto.

Porque a veces los sueños, pueden ser incomprensibles, inexplicables, incoherentes, pero también, simplemente maravillosos.

 

Nefer soñando.

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