Una reflexión personal: de estúpidas formas de ser, regomeyos y oportunidades no dadas

Después del parón veraniego debería retomar el blog con algún post de las imágenes que me han dejado estas vacaciones, o incluso sobre los propósitos para el nuevo curso, sin embargo, me vais a permitir que reinicie mi actividad bloguera hoy con una reflexión personal sobre algo que me sucede más a menudo de lo que me gustaría. Y es que hoy me he levantado con un reconcome y no dejo de darle vueltas a una conversación que tuve anoche con alguien a quien aprecio. De antemano os pido perdón por el rollo que os voy a soltar, quizás no os importe demasiado, pero yo siento la necesidad de expresarme y sacarlo fuera de mí porque me come por dentro.

Me tengo por una buena persona. No está en mi naturaleza ir haciendo daño ni atacando a las personas de forma gratuita, más que nada porque mi conciencia no me lo permite. Creo que soy una persona bastante comprensiva y tolerante, a veces demasiado, que intenta ir por el mundo sin hacer demasiado ruido y ayudando al prójimo siempre que lo necesita. Siempre trato de hacer el bien, o, de al menos, no causar ningún mal ajeno ni molestar a nadie. Pero a veces es inevitable equivocarse y como todo hijo de vecino, yo también meto la pata. Pero no soy una persona orgullosa y no me cuesta ningún trabajo reconocer cuando no lo hago bien, pedir disculpas y poner todos los medios para que no se vuelva a repetir.

Una de mis mayores virtudes, o quizás uno de mis peores defectos, es que tiendo a trivializar casi todo lo que me rodea. He aprendido a relativizar con mucha facilidad y no darle demasiada importancia a algunas cosas. Bastante mal lo he pasado ya por hacer una montaña de un grano de arena. Aunque no siempre lo consigo.

Quien me conoce sabe que hago de la ironía y el sarcasmo mi marca personal, y las utilizo sobre todo para reírme de mí misma y de mi vida cotidiana que es demasiado desastrosa como para tomármela demasiado en serio, lo que me ha supuesto algún que otro quebradero de cabeza, principalmente porque la mayoría de mis relaciones interpersonales se producen a través de las redes sociales, y en el mundo virtual la ironía no se entiende igual y puede ser interpretada como un ataque personal. Nada más lejos de mis intenciones.

Personalmente a mí pocas cosas me molestan y jamás me enfado (o procuro no enfadarme) por situaciones que considero que no tienen importancia ni merecen la pena. Y a veces me han hecho realmente daño o me han ofendido profundamente subestimándome, pero he considerado que lo mejor era obviarlo y olvidarlo. Tampoco soy una persona rencorosa. Creo que todo el mundo en algún momento de calentón puede equivocarse y decir algo de lo que después se arrepiente. En multitud de ocasiones me han tocado la moral, con comentarios que realmente me han ofendido, pero he decidido obviarlos, mirar a otro lado y darle a esa persona o personas la oportunidad de arreglarlo. En más de una ocasión me he mordido la lengua antes de mandar a la mierda a alguien, cosa de la que después me he arrepentido bastante porque esa persona o personas realmente se lo merecían.

Y sin embargo, no sé por qué extraña razón, la gente no es tan tolerante conmigo, y no tienen ningún reparo en mandarme a la mierda. Y eso me hace sentir tremendamente idiota porque pienso “¡qué imbécil fui dándole otra oportunidad o no haberlo mandado a freír espárragos en aquel momento!”. ¿Acaso yo no me merezco otra oportunidad cuando me equivoco o meto la pata haciendo daño involuntariamente? Me molesta mucho que ni siquiera me concedan el beneficio de la duda. No hay nada que me moleste más que me dejen con la palabra en la boca y con una sensación de regomello de que la he cagado y no tengo forma de arreglarlo porque no me dejan hacerlo no contestando los mensajes o no respondiendo a mis llamadas. Es algo que me da mucha rabia y me hace sentir muy impotente. Y me da pena porque es gente a la que aprecio y quiero creer que sienten también aprecio por mí, por eso no entiendo que se comporten de esa manera y dejen de hablarme, como si ya no existiera en sus vidas.

Sin embargo, ¿qué puedo hacer cuando alguien a quien aprecias y creías que te apreciaba te denosta de esa manera? Eso me demuestra que realmente no sentía ningún aprecio por mí, que nuestra amistad no le importaba en absoluto y que es una persona egoísta, por lo tanto, ¿por qué habría de importarme a mí que esté molesto conmigo? Podría pensar “anda y que le vayan dando mucho viento fresco!”. Pero yo no soy así, y SÍ ME IMPORTA. Quizás sea una tonta, pero no lo puedo evitar. Es mi forma de ser. Y me duele.

Nefer y su estúpida forma de ser.

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