De aspectos y sentidos

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Hay veces, demasiadas últimamente, en que me miro al espejo y me cuesta reconocerme. La imagen que veo enfrente de mí me es completamente ajena y me pregunto quién es esa que me mira desde el otro lado con tanta melancolía. Escruto cada poro de mi piel, y me doy cuenta de que mi ceño está en tensión permanente, y que mis ojos aparecen enmarcados por una sombra oscura que los apaga. Mi nariz parece más larga y afilada, y alrededor de mi boca se empiezan a formar unos surcos cada vez más profundos que hacen que mi expresión sea cada vez más taciturna.

Mi cuerpo, cada vez más frágil, pálido y huesudo, dolorido y cansado parece un junco a punto de quebrarse al menor zarandeo del aire. Mis manos y mis brazos tan pequeños y finos, de apariencia casi cadavéricos, y una espalda cruzada por una espina demasiado saliente. Solo hueso y pellejo me visten.

En general tengo un aspecto triste, y me siento fea, más fea de lo que estoy acostumbrada a aceptar de mí misma.

Hace tiempo, demasiado, que no me veo ni me siento como una mujer, más bien como una caricatura de lo que alguna vez sentí como mi “yo femenino” y me pregunto si quizás se deba a que nunca me he subido encima de unos tacones ni me he pintado una sonrisa en la cara.

Quizás sea hora de reivindicarme a mí misma como la mujer que soy, la que llega a darlo todo sin condiciones, la que puede llegar a gustarse y gustar, y sobre todo, la que puede llegar a quererse y querer.

 

Nefer buscando a la mujer que es.

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