>Relatos de invierno

>Nota del autor: Ya estamos en Diciembre. Ya huele a Navidad. Y de nuevo el concurso de relatos de invierno de Ideal. Os dejo con mi relato que espero este año salga en las páginas del periódico. Parece que las opos todavía me dejan un pequeño resquicio para la imaginación.

La tienda de juguetes

La campaña de navidad se había adelantado este año una semana. El jefe nos animó a adornar la tienda, a pesar de que aún quedaba un mes y medio para las dichosas fiestas y el tiempo todavía no acompañaba, pues hacía un calor inusual para el mes de noviembre.

Mi compañero Xavi y yo estuvimos hasta bien entrada la madrugada colgando guirnaldas del techo, cubriendo las estanterías de lucecitas de colores y montando un discreto belén flanqueado por un gigantesco papánoel en medio de la modesta tienda de juguetes. Resultaba casi grotesco mezclar de ese modo tan frívolo lo religioso con lo profano. Pero Adolfo, el dueño de la tienda, era un entusiasta de todo lo relacionado con la navidad y le gustaba la mezcolanza de adornos “Cuánto más, mejor” solía decir siempre con esa sonrisa bonachona en la cara. Yo, sin embargo, no podía dejar de pensar en los largos días que nos esperaban a Xavi y a mí con los dichosos villancicos todo el día sonando por el hilo musical. Menuda tortura.

Rozaban casi las tres y media de la mañana cuando terminamos de colocar los juguetes nuevos que nos habían llegado esa misma tarde. El circo de playmóbil montado en una estantería haría las delicias de los niños. En el otro lado de la tienda, las muñecas Barbie, Bratzs, Nenucos para las niñas. Junto a la entrada los peluches, y al fondo, los juegos de mesa y videoconsolas. La tienda era pequeña y modesta, pero desprendía ese encanto de tienda de toda la vida que Adolfo se encargaba de trasladar a sus clientes con una atención cuidada y siempre con su sonrisa en la cara.

Por la mañana la tienda luciría como si de un país mágico de juguetes se tratara. Con el cansancio acumulado en los ojos, pero la satisfacción del trabajo bien hecho, Xavi y yo salimos de la tienda, echamos el cierre y nos fuimos a descansar las pocas horas que nos quedaban antes de abrir a la mañana siguiente. De pronto caí en la cuenta de que me había dejado la cartera y las llaves dentro; Xavi insistió en acompañarme, pero le insté a que se fuera a descansar, que ya entraba yo en un momento a cogerlas. Volví a subir la persiana de la tienda y abrí la puerta. Después de cinco años trabajando allí, conocía el lugar al dedillo, como si de mi propia casa se tratara, por lo que no me hacía falta encender ninguna luz para ver, me bastaba con la tenue luminosidad que desprendía la farola de enfrente y que se colaba casi sin permiso en el interior del local.

Me dirigí al mostrador donde recordaba que había dejado mis enseres; allí estaban, tal cual los dejé, los cogí y me dispuse a salir de nuevo cuando escuché un ruido detrás de mí, como si algo se hubiera caído de alguna de las estanterías. Me volví y vi uno de los osos de peluche en el suelo. Al tiempo que lo devolvía a su lugar, con voz temblorosa pregunté quién andaba ahí, pero por respuesta sólo recibí otro golpetazo que provenía esta vez desde el fondo de la tienda. Con el corazón saliéndoseme por la boca fui hasta allí y me tropecé con uno de los juegos de mesa. Lo cogí y lo puse de nuevo en su sitio.

De nuevo otro golpe y otro y otro, como si todas las cajas y los muñecos cayeran al suelo uno tras otro. “¿Quién hay ahí!?” volví a preguntar. Pero no contestaba nadie. Busqué el interruptor de la luz, pero no encendía; le di una y otra vez, y nada, mientras los golpes se sucedían sin parar. Las lucecitas de navidad que Xavi y yo habíamos estado colocando durante toda la tarde empezaron a parpadear y los villancicos sonaban por el hilo musical a toda pastilla. El papánoel se puso a mover la campana y a decir “Ho, Ho, Ho, feliz navidad!” y todos los cochecitos, camiones, escalextris, muñecas parlantes empezaron a soltar sonidos como si alguien los hubiera encendido a la vez. Uno a uno fui apagando y colocando cada muñeco en su sitio, pero cuando me daba la vuelta me lo volvía a encontrar en el suelo activado.

Creí volverme loco. De pronto un fogonazo iluminó la tienda cegándome y todo se volvió silencio y oscuridad. Me quedé petrificado esperando algo que me devolviera de nuevo a la realidad. Una voz me sobresaltó. “¿Qué haces aquí Arturo? ¿No has ido a dormir a tu casa?”. Me volví sobresaltado; era Adolfo que acababa de abrir la tienda y plantado enfrente de mí, me miraba con extrañeza. Miré a mí alrededor; el reloj marcaba ya las nueve de la mañana. Todo estaba en su sitio, como si nada se hubiera movido. “Venga, venga, jovencito, espabila, hay mucho que hacer todavía y la mañana acaba de empezar”. Desconcertado y todavía preguntándome qué demonios había pasado, seguí a mi jefe que ya salía del almacén con las guirnaldas y las luces de navidad en la mano. “En cuanto venga Xavi colocáis los adornos; este año adelantaremos la campaña de navidad una semana”. Y los villancicos empezaron a resonar en mi cabeza.

Nefer relatando

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