>No pudo ser

>Pues no, esta vez no fue. Era mucho esperar que se me repitiera la misma suerte dos veces seguidas y publicaran este año mi relato en las páginas del Ideal. Pero para que voy a engañar, tenía la ilusión y la esperanza de que apareciera, necesitaba una alegría, algo que me motivara porque últimamente ando con los ánimos un poco por los suelos, así que el chasco ha sido más grande. Supongo que no era lo suficientemente bueno. En fin…

Aquí os dejo mi relato no publicado, a ver qué os parece.


Violetas para Ray

Me pareció que aquel viaje había sido demasiado largo. O quizás el hecho de llevar los ojos vendados aumentó en mí esa sensación. Entre risotadas y empujones me sacaron del coche; por las voces debía haber unos tres tipos que a trompicones me llevaron a algún sitio alejado de la ciudad. El ambiente apestaba a perros muertos, como si el lugar estuviera sembrado de cientos de cadáveres en putrefacción; el hedor era absolutamente nauseabundo. Sentí cómo el estómago se me revolvía.

A empellones me metieron en lo que intuí sería una especie de nave industrial que parecía abandonada y que más tarde confirmé cuando me posibilitaron la visión. De un empujón me sentaron en una silla y me quitaron el pañuelo que cubría mis ojos, a la vez que me daban un manotazo en la cabeza; me costó acostumbrarme a la claridad de aquel lugar. Tenía el labio partido y un hilillo de sangre reseca me caía desde la comisura recorriendo la barbilla hasta el cuello. Cuando pude ver con nitidez, observé delante de mí a dos tipos que me miraban socarronamente; el tercero se disponía a liberarme de la soga que ataba mis manos a la espalda.

Mientras masajeaba mis doloridas muñecas recordé cómo había llegado a encontrarme en esta situación. Esta mañana me levanté, me duché, y con un sobrio café en el estómago me dirigí a la oficina. Kelso, ese cazurro mal nacido sin ningún sentido de la honradez, me estaba esperando dentro con un sobre en la mano y fumándose uno de esos asquerosos puros que según él, le cuestan un ojo de la cara y parte del iris del otro; se cree Humphrey Bogart el muy bastardo; mientras exhalaba parsimoniosamente el apestoso humo por esa desordenada caja de dientes que tiene por boca me espetó: “puede que este sea tu salvoconducto Ray, cumple esta misión y tu expediente quedará limpito como los chorros del oro!”, y se rió como el diablo.

Estaba claro que me habían tendido una trampa en la que caí como ratón atraído por el queso; maldito Kelso, esta vez me la había jugado bien, y no era la primera; se las haría pagar una a una… pero antes tenía que salir con vida de allí y no parecía una operación sencilla. Miré a mi alrededor en busca de una escapatoria. Nada; mis posibilidades eran bastante escasas, más bien dependían de que ocurriera un milagro.

-Bien, amigo Ray; parece que te gusta jugar –dijo el que parecía ser el jefe del cotarro, sacándome de mis pensamientos; el tipo tenía una extraña mezcla de acentos, entre italiano y ruso, y mientras acercaba una silla coja, se sentaba frente a mí sin apartar su azulada mirada de la mía. – Pues bien, ahora vamos a jugar a un juego muy divertido.

Los miré a los tres con cierto escepticismo ¿Qué se propondrían hacer conmigo aquellos matones con cara de pocos amigos? ¿Torturarme para que confesara algo, todavía no sabía el qué? ¿O simplemente me pegarían un tiro y me dejarían allí como a un perro abandonado? Estaba claro que aquellos tipos no se andaban con contemplaciones. En ese instante pensé en Violeta, mi pequeña florecilla; si había aceptado este trabajo y me encontraba en esta delicada situación, había sido por ella; maldito Kelso, por su culpa podría no volver a verla jamás. El próximo mes cumpliría cuatro años, la niña de mis ojos, lo daría todo por ella.

– Muy bien, amigo Ray, comencemos el juego; ¿estás preparado? –inquirió el matón.
– Yo siempre estoy preparado –le espeté desafiante, sosteniéndole la mirada.
– Bien, bien, me alegra oír eso –dijo sonriendo mientras sacaba del bolsillo una pequeña bala plateada que colocó sobre la mesa.- Supongo que sabrás a qué juego vamos a jugar; imagino que como eres un hombre inteligente, no hará falta que te explique las reglas de la ruleta-. Esperó mi reacción.
– ¿La ruleta? ¿Ese juego en el que un hijo de mala madre como tú se atraviesa el cerebro con una bala? claro que lo conozco.
– ¡Jeje! No tientes a la suerte amigo Ray. Aquí tú eres el único jugador.

Sacó una pistola del bolsillo de su chaqueta y cogió la bala; lentamente la introdujo en el tambor del revólver y lo hizo girar. Yo miraba con cara de asco a aquellos tipos que parecían divertirse con el espectáculo al que estaban asistiendo.

-Vas a hacer los honores, amigo Ray – dijo sarcásticamente mientras acercaba la pistola sobre la mesa con el cañón apuntado hacia mí. Con un leve gesto con la cabeza me invitó a cogerla.

Los otros dos esbirros de pie, contemplaban divertidos la escena; parecían muy seguros de mi muerte inmediata.

Acerqué la mano para agarrar la pistola; con el frío acero entre mis manos tuve un último pensamiento para Violeta, mi pequeña florecilla. La vi jugar con la muñeca que le regalé por navidad, o sentada en el sofá mientras pintaba pétalos morados en un papel en blanco, recordé como venía corriendo y se echaba a mis brazos cuando me veía aparecer por la esquina de la calle… quizás no volviera a verla y ni siquiera había podido despedirme de ella; esta mañana salí demasiado temprano de casa y ella dormía plácidamente en su habitación, ajena a cualquier problema en el mundo; tan solo me paré un segundo para asomarme a su puerta a vigilar su sueño.

– Vamos, no tenemos todo el día. Dispara ya. Quizás tengas suerte y el diablo sea tu amigo y se apiade de ti, ¡jajá!

Un escalofrío recorrió mi espalda. Cerré los ojos, apunté el cañón a mi sien, tomé aire y apreté el gatillo.


Nefer relatando

Anuncios