>Día de clase

>En el mundo hay dos clases de personas: por un lado están las que nacen bajo una estrella, como un lucero de gordo, y por otro, las que nacen estrellás, como es mi caso.

El martes pasado estuve entregando un currículum en el colegio CajaGranada, a ver si por esos caprichosos avatares del destino, llegase mi oportunidad, esa que tanto anhelo y que siempre se me niega. Una amiga mía trabaja en dicho cole (por un enchufazo tremendo, menuda suerte la suya) y tuvo la amabilidad de concertarme una entrevista con el director del centro para que le entregara mi currículum en mano y no quedara relegado al olvido en algún cajón de secretaría. Pero claro, tratándose de mí, y como no podía ser de otra manera, no hubo tal entrevista; el tipo se limitó a recoger mi CV y echarle un somero vistazo por encima, y casi sin mirarme me dijo: “pues ya está, gracias”. Ni una pregunta, ni un esperanzador “si se produce una baja te tendremos en cuenta”… nada. Mis ilusiones se desinflaron en cuanto el dire dejó el currículum al azar por allí encima, sabiendo que nunca se acordaría de él (creía que mi amiga me serviría de enchufe, pero está claro que lo mío son más bien los apagones, qué mala suerte la mía).

Después de eso, el dire permitió que me quedara en el centro como visitante y acompañara a mi amiga para verla “dar clase” (“dar clase” es un eufemismo de “hacer como que se hace algo”); así que allí me quedé yo toda la mañana pegada al culo de mi colegui, notando como mi dentadura se alargaba peligrosamente cada vez más hasta notar como friccionaba con el suelo.

Esa mañana mi amiga tenía sólo dos horas; Inglés a un 3ºA y Lengua a un 5ºC.

Al entrar a la primera clase una honda emoción me apretó la garganta; casi se me saltaron las lágrimas cuando me vi a mí misma delante de una clase de 25 niños; deseaba con todas mis fuerzas que aquella fuera mi clase y aquellos 25 terremotos que no paraban quietos, mis alumnos. Todos me miraban con una curiosidad inusitada preguntándose quien demonios sería aquella intrusa que acompañaba a la seño.

Mi amiga me presentó a la clase: “Esta es la seño Maricruz (qué bien suena eso!) que ha venido a ver como aprendemos” (“aprendemos” es un eufemismo de “perder el tiempo”). Después de haber visto lo que vi, ahora entiendo por qué los niños de hoy en día no aprenden nada.

Una hora de clase que se fue en cantar dos cancioncillas en inglés cuales infantes de 4 años y hacer dibujitos de caras en el cuaderno de actividades; niños levantándose de sus asientos todo el tiempo, trasiego de profesores y alumnos con notitas de una clase a otra… y yo permaneciendo impasible y perpleja ante aquello.

A segunda hora fuimos a 5ºC, tocaba clase de Lengua (eso es lo mío); de la misma manera la seño me presentó y todos se quedaron impresionados cuando escucharon mi nombre, porque nunca habían conocido a nadie que se llamara así (claro, mi madre me puso semejante nombre… Maricruz… como osaría).

Otra hora de clase sin hacer mucho. La seño se puso a preguntar que eran los sinónimos, los antónimos, las palabras polisémicas y los hiatos, y ninguno de los 8 niños a los que preguntó supo responder correctamente. Yo me revolvía en la silla desde la que observaba atónita y con un puntito de envidia.

Después corrigieron muy someramente unos ejercicios sobre las mismas preguntas… entre medias, los niños como si no fuera con ellos, todos más pendientes de mí que de lo que decía la seño, mirándome y cuchicheando como si yo fuera un mono de feria, mientras yo los observaba desde mi posición enfrente de la clase aguantándome las ganas de decirle a la seño: “aparta bonita y aprende a dar una clase de lengua”.

Acto seguido, y después de dar un par de voces para que se callaran, mi amiga se dispuso a leerles un texto sobre la violencia de género; por supuesto, ni uno de ellos prestó la más mínima atención. Los últimos 15 minutos de clase, se dedicaron a hacer ejercicios del libro, entre quejas y quejas porque no les daba tiempo a terminarlos para poder salir al recreo.

Cuando sonó el timbre, revuelo en la clase y un grupo se acercó a mí a curiosear; uno de ellos me dijo: “Seño (es que suena bien lo de seño eh?) por qué no te quedas?”; con el alma en los pies, las ganas de quedarme allí a enseñarles a distinguir los sinónimos de los antónimos, corregir ejercicios y enseñarles con pasión y ganas, le contesté con una sonrisa más melancólica que otra cosa: “Ojalá”.

Y salí del colegio deseando que mi suerte cambiara y se iluminara mi estrella, y que algún profesor se diera de baja y el dire se acordara de que había dejado mi currículum encima de su mesa y me llamara.

Nefer esperando su oportunidad

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