>Sin control

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Miro el reloj. Llevo más de 4 horas sentada estudiando. Mi mente, ya cansada por el ingente esfuerzo memorístico, se resiste a seguir acumulando información. Mi debilitado cuerpo comienza a sufrir el peso de las horas en la misma posición. Estoy a punto de sucumbir al tedio.
De pronto, mis piernas, inmóviles hasta ese momento, son recorridas por un hormigueo desde las caderas hasta los pies y sin poder evitarlo comienzan a moverse inquietas.

De un empujón retiro la silla y de un salto mis piernas me levantan tomando el control sobre mi cuerpo que se queda rígido, rindiéndose ante el fuerte dominio de mis extremidades.
Mis pies, nerviosos, inician un movimiento continuo siguiendo las órdenes que les manda mi cerebro, y sin ningún esfuerzo avanzan bajando las escaleras con premura buscando la puerta de salida a la calle, empujándome, como si algo tirara de mí.

Mis pies se paran un instante para decidir la ruta a seguir. Deseosos de iniciar una carrera sin fin comienzan a moverse alternativamente, primero el derecho, luego el izquierdo, después el derecho de nuevo, enfilando la calle principal. Quiero agarrarme a algo y retomar el control sobre mi cuerpo, pero la fuerza de mis piernas y mis pies es más fuerte y me empujan a seguir avanzando hacia un destino que desconozco.
Hacia la izquierda, hacia la derecha, mis pies esquivan a las personas que se me cruzan por delante. Quiero gritar ¡Cuidado, apártense!, pero no tengo control sobre mi voz. Derecha, izquierda, bajo aceras, cruzo pasos de cebra, evito semáforos, no hay tregua para mí. Mis pies me guían con paso firme, rápido y decidido hasta salir de la ciudad y tomar el camino hacia la sierra. Ni siquiera lo adusto del camino hace dudar a mis pies que siguen su ritmo saltando baches, sorteando piedras, evitando charcos.

Mis músculos comienzan a sentir la fatiga del sobreesfuerzo cuando mis pies inician una subida mortal hacia lo más alto de la montaña; pinchazos en mis gemelos avisan de una sobrecarga y el cansancio empieza a aflorar en mi debilitado cuerpo, pero mis pies no se rinden ante las adversidades y cuanto más intenso es el dolor, más se esfuerzan en seguir avanzando. Quiero sucumbir pero la rigidez de mi cuerpo me impide caer, sólo me dejo llevar por la inercia de mis pies.

¡Por fin! mis pies alcanzan su destino y se paran; de nuevo el hormigueo de mis piernas, sube ahora por mi estómago, la tensión de mi cuerpo se acumula en mi diafragma que se hincha, alcanza mi pecho, sube hasta mi garganta buscando una salida. Mi boca se abre y toda la tensión toma forma de grito que sale hasta vaciarme con toda la fuerza rompiendo el silencio del lugar. Un sonido agudo, ensordecedor, interminable sale de mí quebrando el vuelo de los pájaros, hasta soltar el último aliento.

Mi cuerpo, liberado ya de la presión y el estrés que lo atenazaban, se afloja y cae desplomado. Quedo tendida en el suelo con los ojos cerrados y sólo oigo mi respiración agitada, noto como mi corazón late desbocado golpeando mi pecho con fuerza. Tras unos segundos en los que sólo estoy yo con mi cuerpo, la sangre que corre palpitante por mis venas retoma su pulso habitual, abro los ojos… el cielo azul, el delicado sonido de la naturaleza, su aroma inundan mis sentidos… una sensación de placer invade mi cuerpo… y por último… una sonrisa.

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